Caballeros del Pilar

EL AÑO LITÚRGICO II

30/09/2026

El Año Litúrgico II

Joaquín Aguilar

 SEREIS SANTOS…

– LA SANTIDAD: DON Y TAREA

La Solemnidad de Todos los Santos nos sitúa ante el misterio de Dios: yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo (Lv 19,2); Que así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo… (Is 57,15); Santo es su nombre (Lc 1,49); Porque sólo tú eres santo (Ap 15,4). Y ante el desbordamiento de su misterio que, “saliéndose de sí mismo”, nos envuelve, nos abraza, nos inserta y nos hace partícipes de él: nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (Ef 1,4). Es decir, nos encontramos ante el fundamento, el origen, el sentido, la razón de ser y la meta de nuestra existencia: Dios es Santo, el sólo Santo, y, por pura gracia, nos ha llamado para hacernos partícipes de su santidad; por eso debemos ser santos. De aquí brota todo: la economía y la historia de la Salvación, la obra Redentora, la Iglesia, la teología, la espiritualidad, la pastoral, nuestra vocación e identidad cristiana… La Solemnidad de Todos los Santos nos sitúa, pues, ante el misterio de Dios y ante nuestro propio misterio.

Hablar de santidad es hablar de Dios —porque sólo El es santo (Cf. Ap 15,4)—, o lo que es lo mismo, de Alguien/algo sublime, desbordante, inimaginable, y por lo tanto inabordable, inaccesible e inalcanzable para nosotros. Pero Dios, precisamente porque es santo y en virtud de su santidad, nos ha creado para hacernos partícipes de ella, por pura gracia. “El objeto propio de la revelación cristiana no es sólo recordarnos que Dios es santo, sino anunciar que, con un acto de amor incomprensible, estamos llamados a su santidad, a la plenitud de su misterio, a la intimidad de su vida trinitaria”. Por eso la santidad, nuestra santidad, es una vocación: un don de Dios y por ello una tarea nuestra: así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo (I P 1,15-16); pero también es una necesidad porque sin la santidad, que es el origen, el motivo, la causa de nuestra existencia, no tiene sentido, justificación y plenitud nuestra vida, ya que solamente en ella podemos saciar todo el hambre que alberga nuestro ser.

Jesucristo, el Santo de Dios, es el mediador de la santidad. En El, “la naturaleza divina se une a la naturaleza humana y la santifica, penetrándola de la vida de Dios”: Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos… (I Cor 1,1-2). Pero Jesucristo es también nuestra santificación, el don mismo de la santidad de Dios, que llega a nosotros, nos penetra y nos santifica por la efusión del Espíritu Santo. Por eso santificar equivale a cristificar. Sólo se puede ser santo —por la efusión del Espíritu— en Cristo, el Santo de Dios: “Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor”. La santidad cristiana no es, pues, “sólo ritual, externa, ni siquiera solamente moral; es, en cambio, una participación creada, sí, y por tanto, analógica, pero verdadera, real, física de la santidad de Dios, de su propia vida intratrinitaria”. Esta santidad ontológica “debe expresarse concretamente en las buenas obras, en la vida nueva «en Cristo Jesús», y traducirse en vida moral”.

Visto todo esto, lo primero que hemos de considerar no es lo que hemos de hacer para ser santos, puesto que no somos santos por lo que hacemos, sino lo que hemos de ser para actuar como santos. Ser santos es participar en la intimidad de Dios, en su misma vida, porque El nos llama. Y esa participación no es alcanzada sino dada. Por lo tanto, la santidad, a la que todos estamos llamados, se recibe, se acoge, se acepta. Es una actitud pasiva de abandono y entrega a la acción de Dios para que El nos santifique y haga de nosotros criaturas nuevas. Ser santo es ser santificado.

La llamada a la santidad es, pues, en primer lugar, una llamada a la intimidad con Dios. Y esa intimidad se hace realidad en el encuentro con El en el silencio de la adoración; una adoración vivida desde todas las actitudes personales y en todos los ámbitos de la vida: “La llamada a la santidad es acogida y puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios. «Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio cargado de presencia adoradora: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (Cf. Ex 34,33) […]; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón […]. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra». Esto comporta en concreto una gran fidelidad a la oración litúrgica y personal, a los tiempos dedicados a la oración mental y a la contemplación, a la adoración eucarística, los retiros mensuales y los ejercicios espirituales”. Desde esta actitud de adoración, nos abandonamos al misterio de Dios que nos envuelve y, por el don del Espíritu, somos configurados con Cristo y, en El, somos hechos partícipes de la misma vida divina, quedando santificados y transformados radicalmente.

Desde esta perspectiva, la llamada a la santidad se convierte en algo que atrae, que seduce, que apasiona, pero que al mismo tiempo nos desborda. Por eso la respuesta a esta llamada sólo se puede llevar a cabo desde la fe y confianza en quien nos llama. Será Pablo quien pida esa fe para que los cristianos de Efeso puedan comprender lo que Dios tiene preparado para quienes ceden a esta seducción: que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios (Ef 3, 17-19). ¿Qué nos tendrá preparado Dios que no podemos imaginar ni se puede expresar con palabras?: hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo –pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria–. Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman (I Cor 2,7-9). Nuestras aspiraciones y anhelos de perfección son ridículos cuando se comparan con lo que Dios nos ofrece. De ello dan buena fe nuestros místicos: “¡Oh almas criadas para esas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes hechos ig­norantes e indignos!”.

La vocación a la santidad no es un accidente para el ser humano. Está impresa en su misma naturaleza: “A fuer de ser criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior”; “Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; eres grande y poderoso, tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, parte de tu creación, desea alabarte; el hombre, que arrastra consigo su condición mortal, la convicción de su pecado y la convicción de que tú resistes a los soberbios. Y, con todo, el hombre, parte de tu creación, desea alabarte”.

La santidad es un don de Dios, pero también es don suyo atraernos a ella: “De ti proviene esta atracción a tu alabanza, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descanse en ti”. Desde la pequeñez que supone sentirte desbordado/a por el misterio de Dios y por su llamada a participar en él, pídele al Señor, sentirte atraído/a por El, para que, abandonándote en El como María, su Espíritu te envuelva y te santifique configurándote con Cristo, el Santo de Dios: “Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me ense­ñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. De­seando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré”.

 

– SER SANTOS EN LA SOCIEDAD DE LA INCREENCIA

La santidad personal en ningún caso desemboca en un intimismo espiritualista. Nuestra santidad es una participación en la santidad de Dios que es Amor-autodonación-vaciamiento continuo entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Este Amor-autodonación-vaciamiento es tal que, desbordando el ámbito de la propia vida intratrinitaria, lleva al Verbo a encarnarse para, en el Espíritu, derramarse en todos nosotros. Nuestra participación en la santidad de Dios comporta, pues, el vernos inmersos en su misma vida de Amor-autodonación-vaciamiento: Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo (Lv 19,2); así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo (I P 1,15-16); más aún, nuestra participación en la santidad de Dios sólo es real y creíble si se traduce en una vida de Amor-autodonación-vaciamiento por y para los demás. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (I Jn 4,20); Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. …//… Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe (St 2,17-18). Del mismo modo que Cristo es la manifestación de la santidad de Dios, el santo debe expresar en su vida la santidad que hay en él por su configuración con Cristo; es decir, debe manifestar en él la misma vida de Cristo.

Esta santidad y su manifestación constituyen el único testimonio válido y creíble para la sociedad de hoy, capaz de recordar a todos que la vocación a la santidad es universal y su consecución el único camino de plena realización del ser humano: Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Act 4,12). “El hombre contemporáneo escucha más de buena gana a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos”, decía el Papa san Pablo VI; pero sólo puede ser testigo quien vive la experiencia de Dios, y en esa experiencia es santificado, es decir, es configurado con Cristo, es cristificado; porque entonces es Cristo quien testifica en mí: “El cristiano de mañana, o será místico o no será cristiano”. Este es el gran reto que tenemos los cristianos en esta sociedad de la increencia.

 

  • ¿Cómo entiendes la santidad: como un don de Dios que atrae, seduce y cautiva, o como un logro del esfuerzo y valía personal? Cuando es un don de Dios conduce a la acción de gracias; cuando es concebida como pretensión personal —¡imposible!— va acompañada de sentimientos de orgullo y de soberbia. ¿Buscas santificarte o ser santificado/a?
  • La santidad nos es dada por nuestra inserción en el misterio de Dios. Esta inserción es pasiva —somos insertados—, y requiere de nosotros una actitud de postración y adoración ante el mismo. El silencio es el camino que conduce a esta postración y adoración, porque sólo el silencio permite al Otro, al Misterio, hablar, y a nosotros escucharle. ¿Hay en tu vida suficiente silencio para reconocer y escuchar a Dios que te habla y te llama? ¿Dónde sientes a Dios presente y hablándote?

¿Hay en tu vida suficiente silencio para vivir en actitud de postración y adoración ante Dios que se te manifiesta en cualquier momento y circunstancia? ¿Dónde adoras a Dios a lo largo de cada día?

¿Cómo vives los momentos de encuentro con Dios por excelencia, como son la oración personal, la escucha de la Palabra, y, sobre todo, la Eucaristía? ¿Vives con pasión esos encuentros? ¿Los saboreas? ¿Los gozas? ¿Los vives con alegría? ¿Sientes, adivinas, crees… que Dios te llama a algo grande, que te desborda, pero que es muy hermoso? ¿Has intentado pensar alguna vez lo que significa que Dios te llama a participar de su misma vida, a vivir su misma vida, a estar llena de El, a ser El? ¿Pides con verdadero anhelo a Dios la santidad a la que El te llama y quiere darte?

  • No hay duda de que eres una persona privilegiada. Es incalculable e inabarcable lo que Dios te ha dado y ha hecho por y en ti a lo largo de tu vida. Cómo, de mil y una formas, a través de infinidad de medios, ha derramado abundantemente su vida, su amor, su gracia, su misericordia…, su santidad en ti. Procura hacer memoria de ello y verás que ha sido un derroche. ¿Cómo manifiestas esa santidad en tu vida? ¿En qué gestos, detalles y actitudes tu vida difiere sensible y notoriamente de la vida de increencia que predomina hoy? Concrétalo.

¿Crees que tu vida dice algo al mundo de hoy o pasa desapercibida? ¿Crees que tu vida suscita interrogantes? ¿Crees que tu vida recuerda que todos estamos llamados a la santidad, es decir a participar de la vida de Dios? ¿Crees que tu vida da fuerzas a quienes luchan por responder con fidelidad a la llamada de Dios a la santidad?

A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más (Lc 12,48). A ti se te ha dado mucho, por eso se espera mucho de ti. ¿Crees que la Iglesia y el mundo tienen derecho a esperar algo más de ti? ¿Qué pueden esperar más de ti? ¿Qué signos de santidad debes dar en tu vida y no das todavía? Concrétalos en la presencia del Señor.

 

Con la misma paz que en la primera parte de esta reflexión-meditación-charla, sitúate ante el Señor considerando el regalo que supone su llamada a la santidad. Dale gracias por la santidad con la que ha llenado ya tu vida…, y, en la consideración de este don, siente más fuerte la llamada a ser santo/a, a ser santificado/a. Y, entre la acción de gracias y la escucha de su llamada, dile de nuevo: “Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me ense­ñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. De­seando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré”.

Last modified: 30/09/2026

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