Caballeros del Pilar

EL AÑO LITÚRGICO III

04/11/2026

El Año Litúrgico III

Joaquín Aguilar

 VAMOS A PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR

 

– EL SEÑOR ESTA CERCA (Flp 4,5)

Un año más el Adviento deja oír su voz: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas (Mt 3,3). El Señor está cerca (Flp 4,5), pero no está por venir: ¡ha venido ya! Por eso conviene que nos situemos adecuadamente para que este tiempo, que es un tiempo de gracia, sea, en verdad, un tiempo de salvación por nuestro encuentro y acogida del Señor que viene.

  • El Señor ya ha venido.
  • Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14).
  • Llegando donde él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,20-23).
  • Le dice ella —Marta—: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (Jn 11,27).
  • El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6-8).
  • No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Act 4,12).
  • Su venida es irrepetible.
  • Se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos (Hb 9,26).
  • Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo (Hb 7,26-27).
  • Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna (Hb 9,12).
  • Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo (Hb 10,10).
  • Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre (Rom 6,10).
  • Pero su venida primera dice relación a una segunda en la que alcanzará plenitud el ser y la misión (Encarnación-Redención) de aquella.
  • Este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo (Act 1,11).
  • Se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado a los que le esperan para su salvación (Hb 9,26-28).
  • Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo (I Cor 15,28).
  • En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra (Ef 1,7-10).

 

Nos encontramos, pues, entre la primera y la segunda venida del Señor. La primera es el comienzo de la segunda. La segunda es la plenitud de la primera. Es decir, en este momento Cristo ya está presente en medio de nosotros (memoria de la primera venida) pero su presencia está señalando y, al mismo tiempo, reclamando plenitud (anticipo de la segunda). La llamada al Señor para que venga no es, pues, una llamada para que “venga”, sino para que El, que ya ha venido y está entre nosotros, sea todo en todo, sea Cabeza de todo, para que todo le esté sometido a El. Entonces El se someterá a Aquel que le ha sometido todo. De este modo, la espera y la llamada del Adviento a que el Señor venga, no se refiere a que tenga que nacer de nuevo sino a que su primera venida, actual y viva hoy, alcance en nosotros su plenitud anticipando la segunda. La vigilancia, la esperanza y el ¡Ven, Señor Jesús!, propios del tiempo de Adviento, adquieren así una nueva dimensión, una nueva luz, un nuevo sentido: el descubrimiento del hoy permanente de la Encarnación (la vigilancia), la confianza en su plenitud con la segunda venida (la esperanza) y la súplica para que ambas, entre el ya y el todavía no, confluyan en nuestro hoy mediante la actualización de la primera y el anticipo de la segunda (¡Ven, Señor Jesús!).

 

Velad.- Velar es:

  • Estar despierto en medio de la noche, tener los ojos bien abiertos para ver en medio de la oscuridad. La vigilancia cristiana consiste en no dejarse envolver por la oscuridad de un mundo y una sociedad que se han instalado en la increencia, en el materialismo, en el tener, en la inmediatez: Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos… (I Tes 5,4-6).
  • Vivir una vida de fe intensa, radical, sin concesiones a la mediocridad: Velad, manteneos firmes en la fe, sed hombres, sed fuertes (I Cor 16,13); Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí. Por tanto, vigilad y acordaos que durante tres años no he cesado de amonestaros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros (Act 20,29-31).
  • Vivir la austeridad y el desprendimiento, el vaciamiento y el silencio, para estar totalmente disponibles y dispuestos a escuchar la presencia del Señor en medio de nosotros: Velemos y seamos sobrios (I Tes 5,6); Sed sobrios y velad (I Pe 5,8).
  • Orar: Velad y orad (Mt 26,41). Las vigilias de oración llenan la vida de la Iglesia, no sólo en este momento sino a lo largo de toda su historia. De nada sirve estar despiertos si no se ve. La oración es luz que nos hace ver en la oscuridad, porque en ella nos acercamos y nos encontramos con quien es la Luz: “La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experi­menta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable”.

 

Velar es estar despiertos, vivir una fe intensa y radical, vivir la austeridad exterior e interior y orar; y todo ello para poder percibir la presencia del Señor que ya está en medio de nosotros. Es importante guardar este orden porque con demasiada frecuencia invertimos los términos de nuestra perspectiva: queremos, a toda costa, ver a Dios en las cosas, en las personas, en el mundo… No se trata de ver a Dios en las cosas, en las personas, en el mundo…, sino de ver las cosas, las personas y el mundo desde Dios. Entonces si que le vemos a El en las cosas, en las personas y en el mundo. Velar es contemplar; es llevar una vida de intensa intimidad con Dios desde la oración y la austeridad, para poder mirar como El mira y ver lo que El ve: a su Hijo amado en medio de nosotros.

 

Esperanza.- Esperar es:

  • Aguardar al Salvador. Entre los cristianos de hoy existen muchas expectativas respecto a Cristo: se espera de El la paz interior, sentirse bien y a gusto consigo mismo, la tranquilidad de conciencia, la autoestima, la realización personal, la solución de los problemas del mundo, de las injusticias, del hambre…; y es verdad, pero no es toda la verdad ni lo más importante de ella, porque nos estamos moviendo en un plano meramente humano-terreno y personalista. El Hijo de Dios se encarnó para salvarnos. La esperanza nos hace aguardar de El y buscar en El la salvación, es decir, nuestra configuración con El: Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas (Flp 3,20-21). Y esto no es inhibirse de los problemas, porque esperar es…
  • Creer que esa salvación no consiste en huir del mundo sino en crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de ahí que la esperanza consista en aguardar activamente esa salvación esforzándonos y luchando contra el pecado: Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha (II Pe 3,13-14).
  • Confiar en que Dios es fiel y cumplirá su promesa de salvación aunque el mundo esté como está, aunque yo sea como soy, aunque parezca que nada puede cambiar: El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprensibles en el Día de nuestro Señor Jesucristo. Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro (I Cor 1,8-9).

 

¡Ven, Señor Jesús!

Todo lo visto anteriormente lo describe Pablo, maravillosamente, en su carta a Tito: Porque ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo (Tt 2,11-13). Por eso, desde la vigilancia (primera venida) y la esperanza (segunda venida) gritamos: ¡Ven, Señor Jesús! La llamada del Adviento es el deseo ansioso de descubrir y encontrar (ser descubiertos y encontrados) al Señor Jesús que vino hace 2000 años encarnándose en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo y está entre nosotros en un permanente hoy, para entregarnos a El, pertenecerle plenamente y que El sea todo en nosotros, anticipando así su segunda venida, culmen y plenitud de la primera.

 

Alegre por la presencia cercana del Señor: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca (Flp 4,4-5); y haciendo tuyas las palabras finales del Apocalipsis, y por lo tanto de la Sagrada Escritura: El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida. Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,17.20), abandónate esta mañana a la oración, con el espíritu y talante propios de este tiempo de gracia, de esperanza y de salvación.

 

– MARIA, MUJER DEL ADVIENTO

El calendario litúrgico sitúa en el corazón del Adviento la fiesta de la Inmaculada Concepción. No es casualidad. María es la mujer del Adviento. Ella es la primera referencia y el mejor modelo que tenemos de espera, escucha y acogida de la gracia; de espera, escucha y acogida de Dios que viene a nosotros. Ella es la mejor y más plena realización de la salvación que jamás haya tenido lugar en criatura humana alguna: Ella es la llena de gracia (Lc 1,28).

Toda su vida, toda ella fue Adviento, es decir, vigilancia, espera, escucha, acogida, abandono, entrega…

 

La vigilancia de María:

  • Atenta a:

-Las necesidades de su prima Isabel: Lc 1,39ss.

-Su Hijo que se pierde en el Templo: Lc 2,42ss.

-A las necesidades de los demás: Jn 2,1ss.

-A lo que se dice de su Hijo: Lc 2,33.

-A su Hijo: Lc 8,19.20; Jn 19,25.

 

  • Orante desde el vaciamiento, el silencio y la escucha:

-Su actitud ante el ángel Gabriel: Lc 1,26ss.

-Guardaba las cosas meditándolas en su corazón: Lc 2,19.51.

-El silencio de María a lo largo de los relatos evangélicos.

 

La esperanza de María:

  • Su esperanza puesta en Dios se manifiesta en:

-La actitud que adopta en la Anunciación: He aquí…, hágase…: Lc 1,38.

-Su presencia en la Pasión: Jn 19,25.

-Acompañando a la Iglesia naciente en la espera de Pentecostés: Act 1,13-14.

 

¡Ven, Señor Jesús!

El ¡Ven, Señor Jesús! de María no es una llamada sino una afirmación, un anuncio, una proclamación de la plenitud anticipada y experimentada por ella: el Magníficat (Lc 1,46ss.). María fue toda de Cristo y Cristo fue todo en ella, hasta tal punto que, en ella, Dios se hizo Dios-con-nosotros. Por eso experimentó y gustó, la primera, el anticipo de la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo; la plenitud de que, en Cristo, Dios sea todo en todo.

 

¿Qué debo hacer yo para vivir este Adviento?

 

Velad

  • ¿De qué influencias de la sociedad de hoy debo liberarme para estar despierta, vigilante, atenta al momento presente: seducción del tener; imitación de los estilos, formas y ritmos de vida que, como signos de modernidad y actualidad, propone y ofrece la sociedad; dejarse vencer por el encanto de la televisión con el pretexto de estar al día…? No hablamos de cosas prohibidas sino de aquello que, siendo perfectamente lícito para otras personas, yo no puedo permitírmelo por el hecho de haber respondido afirmativamente a la llamada que Dios me ha hecho.
  • ¿Qué aspectos de la oración y de mi vivencia de los sacramentos debo cuidar de forma decidida y sin paliativos, para que mi vida de fe y entrega al Señor sea más plena y auténtica, y no caiga en medianías, rutinas y mediocridades?
  • ¿Dónde está falta de austeridad mi vida, en lo que a lo material se refiere? ¿De qué debo aligerarla?

¿Y mi “yo”: de qué necesito vaciarlo?

 

Esperanza

  • La esperanza nos lleva a buscar en Dios y a pedirle lo que El quiere y sólo El puede darnos. ¿De qué he de purificar mi oración de petición y en qué dirección debo orientarla?
  • ¿En qué voy a concretar mi lucha contra mi pecado? No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado (Hb 12,4).

 

Pero la vida consagrada se caracteriza por su dimensión comunitaria. No es suficiente el esfuerzo personal de cada una. Debe haber también una acción decidida de toda la Comunidad.

 

  • ¿Qué vamos a hacer como Comunidad y cómo vamos a potenciar y favorecer la vivencia personal de cada una?

 

¡Ven, Señor Jesús!

  • Mi configuración con Cristo, mi entrega y mi pertenencia plena a El, y que El sea todo en mí, no se producirá como consecuencia de toda esta planificación y esfuerzo personal y comunitario. Esto no es sino mi disposición y apertura a la acción de Dios; la salvación es solamente obra suya; El es el único que puede salvar. Por eso, junto a todo lo anterior, y gracias a ello, con verdadera ansia y hambre de Dios, podemos y deberemos decir en todo momento: ¡Ven, Señor Jesús! Vivir hoy el Adviento es actualizar y hacer presente la encarnación de Cristo por nuestra entrega y pertenencia plena a El, anticipando así su segunda y definitiva venida.

 

En la presencia del Señor, concretad las actitudes que debéis adoptar, personal y comunitariamente, y, desde cada una de ellas, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros (II Cor 4,7), poned vuestra mirada en el Señor y, desde lo más profundo de vuestro corazón, gritadle repetida e incansablemente: ¡Ven, Señor Jesús!

Last modified: 04/11/2026

Comments are closed.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad