Caballeros del Pilar

MEDITACIÓN MES DE JULIO 2020

5 julio 2020

Queridas Damas y Caballeros: En el mes de Julio de 2020, os invito a seguir meditando en Iglesia en salida, hogar acogedor.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza, por siempre sea bendita y alabada. Gracias, Señora del Pilar, por haber venido a Zaragoza, y dejarnos TU PILAR, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Pidamos insistentemente: Señora del Pilar, acorta este tiempo de prueba, que cese esta pandemia.

Nos preguntamos, ¿de dónde nos viene la fuerza para ser Iglesia en salida? Seremos Iglesia en salida con la fuerza del Espíritu Santo. “Es el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros corazones y nos hace capaces de entrar en la comunión perfecta de la Santísima Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad, que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia” (EG, 117). El fervor evangelizador nos viene del Espíritu Santo.

Queridas Damas y Caballeros: Tratemos al Espíritu Santo. Entremos en la Escuela del Espíritu Santo. Frecuentemos el trato con el Espíritu Santo.

Recordáis las palabras de LG, 1: “Cristo es la luz de los pueblos. Por ello, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales técnicos y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo”. La comunión de la Iglesia es, en primer lugar, un don que posibilita que los bautizados manifiesten su fraternidad y hagan circular la caridad. Pero también la comunión es un desafío que compromete a todos los bautizados a visibilizar que la Iglesia es signo de la unidad de los hombres con Dios y entre sí. Esto implica que la rica pluralidad de personas y de dones, de iniciativas y de proyectos, que constituyen la Iglesia, están al servicio de la comunión.

EG, 24: “La Iglesia en salida, en palabras del Papa Francisco, es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan… La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. Como consecuencia, la Iglesia sabe “involucrarse”. Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: “Seréis felices si hacéis esto” (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así “olor a oveja” y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a “acompañar”. Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia… La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio, como testimonio de Jesucristo… su sueño es que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora”.

Queridas Damas y Caballeros, imitando a Dios, ¡atrevámonos a primerear en el amor!

Vuestro Director Espiritual: Pedro-José.

Last modified: 8 julio 2020

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