Caballeros del Pilar

MEDITACIÓN DEL MES DE MARZO DE 2020

1 marzo 2020

Queridas Damas y Caballeros:

En el mes de Marzo, meditamos la homilía del Papa Francisco al comienzo de la Cuaresma de  2020.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Bendita  y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza, por siempre sea bendita y alabada. Gracias, Señora del Pilar, por haber venido a Zaragoza, y dejarnos TU PILAR, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Comenta el Santo Padre: El polvo en la cabeza “nos recuerda que procedemos de la tierra y que volveremos a la tierra”. Somos “débiles, frágiles, mortales”. “Estamos de paso”. Ante la inmensidad de las galaxias y del espacio, “somos diminutos. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios”. Quiso el Señor “recoger nuestro polvo en sus manos e infundirle su aliento de vida. Así que somos polvo precioso, destinado a vivir para siempre. Somos la tierra sobre la que Dios ha vertido su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria”.

“La ceniza nos recuerda el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida. Somos polvo, tierra, arcilla, pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla”. Especialmente en las dificultades y la soledad, “solamente vemos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos”. Nos  anima el Papa: “Ánimo, nacimos para ser amados, nacimos para ser hijos de Dios”. Reconozcamos “que nuestras pobres cenizas son amadas por Dios”. Acojamos “la mirada amorosa de Dios sobre nosotros” y cambiemos de vida. “No pulvericemos la esperanza, no incineremos el sueño que Dios tiene sobre nosotros, no caigamos en la resignación”.  El mundo va mal, el miedo se extiende, hay mucha crueldad y la sociedad se está descristianizando, “pero Dios puede transformar nuestro polvo en gloria”.

“Yo, ¿para qué vivo?”. Responde el Romano Pontífice: “Si vivo para las cosas del mundo que pasan, vuelvo al polvo, niego lo que Dios ha hecho en mí. Si vivo sólo para traer algo de dinero a casa y divertirme, para buscar algo de prestigio, para hacer un poco de carrera, vivo del polvo. Si juzgo mal la vida sólo porque no me toman suficientemente en consideración o no recibo de los demás lo que creo merecer, sigo mirando el polvo”.

Advierte Su Santidad: “Valemos mucho más, vivimos para mucho más: para realizar el sueño de Dios, para amar”. Se nos impone la ceniza “para que el fuego del amor se encienda en los corazones”. Somos ciudadanos del cielo “y el amor a Dios y al prójimo es el pasaporte para el cielo”. Los bienes terrenos “no nos servirán, son polvo que se desvanece”. El amor que damos en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en el mundo, “nos salvará, permanecerá para siempre”.

A nuestro alrededor, “vemos polvo de muerte. Vidas reducidas a cenizas. Ruinas, destrucción, guerra. Vidas de niños inocentes no acogidos, vidas de pobres rechazados, vidas de ancianos descartados. Seguimos destruyéndonos, volviéndonos de nuevo al polvo”. ¡Cuánto polvo hay en nuestras relaciones! “Cuántos litigios, cuánta incapacidad para calmar los conflictos. ¡Qué difícil es disculparse, perdonar, comenzar de nuevo, mientras que reclamamos con tanta facilidad nuestros espacios y nuestros derechos! Hay tanto polvo que ensucia el amor y desfigura la vida. Incluso en la Iglesia, la casa de Dios, hemos dejado que se deposite tanto polvo, el polvo de la mundanidad”. Mirando en el corazón: “¡cuántas veces sofocamos el fuego de Dios con las cenizas de la hipocresía! Jesús nos pide que eliminemos la hipocresía. El Señor no dice sólo que hagamos obras de caridad, orar y ayunar, sino que cumplamos todo esto sin simulación, sin doblez, sin hipocresía”.

No hagamos las cosas para ser estimados, para aparentar, para alimentar nuestro ego. No podemos llamarnos cristianos y ceder a las pasiones que nos esclavizan. No podemos predicar una cosa y hacer otra. No podemos  aparentar ser buenos por fuera y guardarnos rencores por dentro.  Todo esto “es polvo que ensucia, ceniza que sofoca el fuego del amor”. Limpiemos “el polvo que se deposita en el corazón, dejándonos reconciliar con Dios. Solos no somos capaces de eliminar el polvo que ensucia nuestros corazones. Sólo Jesús puede sanarlo”. Contemplemos el  Crucifijo y  acudamos a recibir el perdón de Dios, el abrazo del Padre, en la confesión. Allí, “el fuego del amor de Dios consume las cenizas de nuestro pecado, nos renueva, limpia nuestro corazón. Dejémonos reconciliar para vivir como hijos amados, como pecadores perdonados, como enfermos sanados… Dejémonos levantar para caminar hacia la meta, la Pascua”.

Vuestro Director Espiritual: Pedro-José.

Last modified: 1 abril 2020

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